
Capítulo 3
Diría que 2016 fue el año en el que intenté mantener a raya la locura. Después del trance inducido por Sofía, donde había aparecido el hermano fallecido por suicidio de mi madre, la idea de muerte se instaló con fuerza en mi vida.
También, con 29 años, surgió una voz en la cabeza ofreciéndome alternativas extremas para salir del estancamiento que sentía cada mañana al levantarme. Por un lado, prometía que mi vida iba a ser esplendorosa si abandonaba a Luis y empezaba de cero en otro país.
Irse de Chile también implicaba cortar definitivamente lazos con mis padres y hermanas. Si carecía de valentía para hacerlo, la voz se convertía en vozarrón y ordenaba, como segunda opción, tener “el valor”, decía, de suicidarme.
Todo lo relacionado a la muerte, además del recuerdo de mi tío, estaba simbolizado en una fijación que tenía con las palomas muertas. Cada día, antes de llegar a la oficina, pasaba por una plaza donde había un hombre haitiano barriendo la calle.
Sentía tranquilidad al pensar que, si perdía la vergüenza, podía preguntarle al haitiano si acaso le tocaba recoger palomas muertas del césped o el cemento. De seguro, él diría que era común encontrarlas con sus cuerpos emplumados desintegrándose en el suelo. Era obvio: la ciudad está plagada de palomas y de autos. Existe una alta posibilidad de que mueran arrolladas, quedando estampadas en el cemento.
—No son señales del universo anunciando tu muerte— respondería el haitiano con un castellano precario, pero suficiente para darme paz.
Sentía que en algo me parecía a este extranjero de cuerpo menudo. Al igual que yo, él inspiraba una resignación ante la realidad de habitar laboralmente esos pasajes de Providencia, donde a él le tocaba limpiar calles y a mí escribir revistas de contenido corporativo que nadie leía, encerrada en una oficina con un escritorio que miraba hacia el patio trasero de la agencia de comunicaciones donde trabajaba.
Había llegado hace unos meses a esta oficina, en septiembre de 2015, tras haber renunciado impulsivamente al diario en el que trabajaba hace ya casi cinco años. Realmente, estaba harta de todo, y más aún de tener que ver la cara desanimada de mi expareja, sentado solo unos puestos más atrás.
El problema de la nueva oficina es que me deprimía la lentitud y burocracia de las labores de comunicación corporativa. . No quería ser una persona desagradable, así que fingía una risa en cada broma desabrida y aportaba al clima con intervenciones corteses. Lo cierto, es que internamente crecía un sentimiento de arrogancia, donde me creía intelectualmente superior a toda la gente que trabajaba en ese lugar.
A la hora del almuerzo, en vez de conocer a mis nuevos compañeros, prefería estar sola y caminar por Diagonal Oriente hasta el Espacio Literario Santa Isabel. Ahí me sentaba en los sillones a hojear la prensa y consultar libros de la estantería. Incluso, aprovechaba de llorar en el baño.
Luego, como si aquella tristeza patológica que se acumulaba cada día no existiera, regresaba a la normalidad. Sin embargo, faltaban pocos días para que una olla a presión explotara dejando al descubierto una psiquis desbordada, con una voz interna y psicótica que me hacía elegir entre el aislamiento o merecer la muerte, como una paloma aplastada.
Una de las últimas cosas que hice antes de caer en la psiquiatra fue preparar, a fines de septiembre, la fiesta de cumpleaños número 27 de Luis. Celebramos en el quincho del edificio con familiares y amistades. Logré aparentar que las cosas estaban bien. Incluso, hay una foto de esa noche en la que salgo sonriente sosteniendo la torta.
Con esa sonrisa, nadie sospechaba que una voz rumiante en la cabeza me ordenaba elegir entre abandonar la relación para escapar a otro país y triunfar, o si no, tener el valor de morir.
Dos semanas después, tomé una decisión para acabar con la voz intrusiva. Una noche, volví a llorar repentinamente frente a Luis. Él me sentó en sus piernas para aquietarme y preguntó si esta vez era capaz de reconocer el origen de la tristeza. Le contesté que estaba confundida, y entre sollozos musité que debíamos terminar.
Esa voz intrusiva en la cabeza dijo que estaba haciendo lo correcto. Pero en mi corazón, ese que resitió por tanto tiempo para mantener a raya las órdenes de muerte, quedó oscurecido por una razón real: amaba ese hombre, pero tenía que dejarlo, pues algo en mí estaba quebrado y ya no podía fingir estabilidad mental.
De alguna forma, hice que el amor entrara en un coma inducido para poder salvarlo de la contrariedad en la que vivía con mi psiquis.Así, la decisión de abandonar a Luis y habérselo comunicado produjo un quiebre necesario.
Por fin la voz interna se había callado y, con ello, había confirmado que ese ente parlante era ilusorio, que yo no tenía que irme a ningún país para buscar el éxito ¡Mucho menos merecía morir aplastada como una paloma!
En aquel momento creí que explicarle esta locura a Luis estaba de más. Él había quedado bastante molesto con mi confesión y esa noche, con el orgullo herido, pidió que me fuera a la mierda y lo dejara en paz. Estuve despierta toda la noche en un estado de introspección e intentando acallar el llanto.
Durante esas horas evité hacer trances; únicamente le pedí al cuerpo y a la mente lúcida, que aún resistía, que me contaran la verdad.
Sin embargo, mi cerebro –cada vez que hacía autophinpsis– se había acostumbrado a mostrarme alegorías. Cerré mis ojos llorosos y me vi en un bosque.
Recostada sobre una cama de hojas, respiraba con dificultad. Una tribu de mujeres junto a un puma cuidaban de mí. Me di cuenta de que la tristeza que padecía era patológica.
En ese estado de entrega, no oí voces, sino que emanó una reflexión, tal vez un mantra, anunciando que de ahora en adelante iba a requerir “mucha calma, mucho amor”, y que necesitaba ser atendida por alguien profesional.
Por la mañana, Luis vio que estaba sentada en la cama con la mirada perdida, la ropa mojada —no había tenido suficiente fuerza para secarme después de la ducha— y sin decir palabra. Llamó a mi familia para que pudieran cuidarme mientras él se iba a trabajar.
Antes de subirme al auto de mi padre, abracé a Luis y le dije que me perdonara. Aquel día, cuando mi madre abrió la puerta de su departamento y me abrazó, sentí ganas de derrumbarme por completo sobre ella.
Pero sabía que, pese a su ternura materna, ese no era el estilo de contención que su carácter soportaba. Si bien fui recibida con amor, apenas me sentó en el sillón empezó con sus reproches para espantar a la fragilidad: “Tienes que poner de tu parte”, “te crie para que fueras fuerte”, “la vida nos da golpes, hija. A mí se me murió mi hermano y tuve que seguir adelante”.
Pese a sus retos, con ella estaba a salvo. A final de cuentas, detrás de esa aparente dureza, mi madre era una mujer que siempre cuidaba con ternura y bondad a sus hijas. Así y todo, eso no era suficiente para calmar la angustia.
Necesitaba más que una sopa caliente, un beso en la frente o que me dieran una medicina en la boca. Quería desaparecer. Fantaseaba con la idea de volver a ser resguardada en su útero y quedarme suspendida ahí hasta que el destino dijese otra cosa, o prometiese que yo no iba a venir a este mundo a sufrir un dolor tan voraz en la adultez.
Esa ficción se escabullía en la constatación de la angustia fatal que asolaba cada segundo del presente. Con todo ello, aún no había enloquecido. Al contrario, la lucidez estaba más consciente que nunca del dolor existencial que puede llegar a afectar al ser humano.
Las cartas ya estaban echadas sobre la mesa desde la madrugada. Ahora, sabía que estaba enferma y que mi suerte no tenía por qué ser la de una paloma muerta. Esa misma tarde, mi madre encontró hora con una psiquiatra que cumpliera los parámetros de ser una “profesional que haya salido de una buena universidad y que no te llene de pastillas”.
Pero mi cerebro necesitaba reponer su balance químico. De lo contrario, enloquecería.

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