
Capítulo 4
Jamás imaginé ser de las personas que requieren terapia psiquiátrica. Pero el 5 de octubre de 2016 comenzó a escribirse mi historia con los fármacos. Cuando llegué por primera vez a una especialista, verbalicé dos palabras a las que me había resistido por casi dos años: “Estoy enferma”. Estaba a casi tres meses de cumplir 30 años y la angustia en el pecho, el insomnio plagado de ideas catastróficas y esa voz interior ambivalente hacían que fuera imposible continuar mi existencia en ese modo.
Aquella vez la doctora —una mujer de cincuenta años, blanca, alta y de melena castaña que me atendería cada mes entre 2016 y 2017— me recibió con una sonrisa suave en su consulta amplia y luminosa de Providencia, donde practicaba una medicina holística llamada antroposofía, una corriente europea de fines del siglo XIX, fundada por el filósofo, educador y místico Rudolf Steiner, que concibe al ser humano con un enfoque integral.
Regresé a este centro médico en agosto de 2023 para recuperar mi ficha psiquiátrica y así reconstruir la primera cita médica. Aunque se habían cambiado de dirección dentro de la misma comuna, el nuevo inmueble conservaba la decoración de estilo acogedor con muebles de madera y un patio con árboles frutales.
La sala de espera mantenía su calidez, sin embargo esta vez la experiencia agradable de servicio que viví tantas veces mientras aguardaba a la psiquiatra, contrastó con la decepción que me causó recibir de manos de la secretaria una fotocopia de un manuscrito ligero, apenas legible, sobre mi historial médico.
De todos modos, el look de diario de vida del documento me trajo nostalgia y, de cierta forma, sentí que todo lo que ahí apuntó la doctora es un contenedor de aquel día en el que llegué psíquicamente resquebrajada.Después de tener el archivo en mis manos, ni siquiera esperé para llegar a mi casa. Tomé asiento en una banca de avenida Los Leones para revisar el manuscrito, pero mi primera ficha psiquiátrica merecía ser estudiada en la intimidad, así que pronto seguí rumbo a casa para estar toda la tarde de un sábado sentada en el escritorio descifrando cada oración de la doctora antroposófica.
Subrayé con un destacador amarillo las frases que me hicieron viajar en el tiempo a esa primera cita. Entre las preguntas que la psiquiatra hizo para rellenar la ficha médica, recuerdo con claridad una relacionada con antecedentes familiares de depresión y suicidio. Contesté que había historial por ambas líneas sanguíneas, ya que el abuelo materno de mi padre murió de esta forma tras ver sus finanzas quebradas. En tanto, por parte de madre —agregué—, está su hermano mayor que se quitó la vida antes de los cuarenta, en otra ciudad, lejos de la familia. Algo que de forma inconsciente, a los cinco años, marcó mi experiencia con la depresión y la muerte repentina.
De hecho, una de las primeras frases que logré leer en la ficha médica, da cuenta de la práctica de hipnosis de 2015 donde conecté con este trauma:“Siente la presencia del hermano muerto de su mamá (suicidio), siente mucha angustia”.El traumático trance que viví se lo conté con detalle a la psiquiatra, quien tras oír con atención mi relato y anotarlo en la ficha, concluyó que las prácticas de hipnosis habían “abierto muchos portales” que ahora debían cerrarse. Lo haríamos a través de la mirada antroposófica.
La doctora —titulada en la Universidad de Chile, recalcaba mi madre, o sea, no es cualquier charlatana— me explicó que desde la visión antroposófica los seres humanos estamos compuestos por cuatro capas o envolturas directamente relacionadas con la naturaleza.Está el cuerpo físico que es visible, medible y tiene su consonancia en el reino mineral; está el cuerpo etérico que se relaciona con nuestras fuerzas vitales y cuyo funcionamiento fisiológico es un símil del reino vegetal; está el cuerpo astral asociado al nivel mental, el ánimo y los sentimientos y, por último, está el yo asociado netamente a nuestra biografía, conciencia de sí y autodeterminación.
Aquella vez no comprendí del todo lo que quiso explicar la doctora holística. Solo tenía algo claro: las cuatro envolturas que constituían a mi persona estaban desequilibradas y agotadas. Para restablecer la armonía de mis capas en sus dimensiones físicas, psicológicas y espirituales, mi nueva tratante de salud mental prescribió una terapia llamada “masajes rítmicos”, la cual busca influir sobre los fluidos del organismo humano para devolver la capacidad de autocuración del cuerpo.
Me detengo en esta parte de la ficha médica para recordar lo novedosa que me resultó esta terapia cuando en la primera sesión la fisioterapeuta que la realizaba puso paños calientes sobre mi cuerpo semidesnudo tendido en una camilla. Con sus manos, aplicó movimientos precisos en distintas zonas y, aunque nunca sentí dolor físico alguno, me retorcía involuntariamente intentando encontrar una especie de orden interno. Era como si mi corporalidad quisiera liberarse de un encierro lleno de nudos y viscosidades que la estrangulaban.
Aquella vez, pese a que quería gritar estruendosamente para salir de un pantano emocional, lloré en silencio. La terapeuta secó mis mejillas con un pañuelo y preguntó si acaso prefería que detuviésemos la sesión. Negué con la cabeza y descansé quieta sobre la camilla. Luego, volteé la mirada hacia la ventana que daba a un árbol grueso y viejo que se erigía en el patio de esa casona de Providencia. Después del árbol, distinguí la construcción de un edificio que en su piso más alto tenía el cartel de «Se Vende». De forma espontánea, imaginé que me lanzaba desde la azotea.
Recuerdo que esa vez volví a pensar en la muerte por suicidio de mi tío. Hasta pude sentir su dolor existencial, tal como ocurrió con la hipnosis que había practicado en 2015, cuya sensación horrorosa se había quedado conmigo. En medio del terror, apareció como salvavidas en la cabeza la imagen de Nona, mi abuela paterna, quien había fallecido recientemente. Resiste, hija. Tú perteneces a este mundo, no al de la muerte, sentí que me susurraba al oído con su voz siempre tierna y decidida. Hoy me pregunto si eso fue una ficción que inventó mi mente como mecanismo de defensa o realmente mi Nona vino a darme fuerza. Me quedo con esta última idea.
Entre otras anotaciones que rescaté de la ficha médica, y que dan cuenta de mi estado de aquel entonces, están aquellas relacionadas con mi historial amoroso: “No sé por qué me siento infeliz, si ahora tengo una relación amorosa sana”.“Antes, las otras parejas eran buenas para el copete”, escribió debajo de la frase anterior la psiquiatra antroposófica.También hay observaciones de la doctora que dan cuenta del ánimo opuesto que antecedió a la depresión y a la hipnosis terrorífica.
Se lee en la primera ficha médica cómo luego de estar un mes profundamente deprimida por la separación amorosa en 2014, sentí una alegría desbordada y genuina que me empujaba a la diversión sin medir riesgos.
“Empieza a beber más, a tener más sexo y a dormir poco”.
“Es una energía que no sé dirigir”, digo.
La última página de la ficha médica que registra esta primera sesión con la psiquiatra describe la “sensación de vacío desde niña” y complementa con la extrema demanda de apego hacia mi madre en la infancia.
—¿Hay alguien que pueda cuidarte en casa?— preguntó la psiquiatra en esa primera cita.—Sí, mi mamá— contesté disponiendo sin consultar por el tiempo de mi cuidadora.
El manuscrito contiene declaraciones que, al leerlas, revelan la mañana en la que me rendí para no enloquecer. Esa mañana, después de haberle dicho a Luis que debíamos poner fin a la relación, enmudecí y no fui a trabajar. De la pura angustia, no me salían las palabras. Hasta que con un llanto explosivo pude rogar que no me dejaran sola. Entonces, él llamó a mi familia.
«Hay algo que no me deja tranquila», anotó la doctora entre las frases que declaré en su consulta.La anotación, posiblemente, hace alusión a la voz que salía desde mi interior ordenando vivir exitosamente o de lo contrario, tener el valor de matarme quedando aplastada como una paloma en el cemento.
En su momento, no quise referirme a esta alucinación como tal, ya que tenía miedo de ser catalogada como “loca” y de que la especialista sugiriese una internación hospitalaria.A partir de ese día, comencé una licencia psiquiátrica para lograr reponerme del insomnio crónico y la angustia paralizante.
Además de la terapia de masajes rítmicos, que realicé cada semana por al menos tres meses, la doctora registró en la ficha médica la receta de remedios con compuestos naturales y minerales, como avena sativa y cremas de lavanda para colocar en mi pecho y la zona lumbar. Sin embargo, pronto me indicaron fármacos, entre ellos antidepresivos y ansiolíticos, al no ver mejora.
Durante los años que siguieron, consulté a otros psiquiatras, intentando dar con un esquema de medicamentos que lograra centrar mi ánimo a ratos exaltado, irritable y, otras veces, muy depresivo. Fue recién, después de los años de pandemia, cuando el médico que hasta ahora me atiende pudo acertar con las pastillas y sus dosis.

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