
Se habla de la bipolaridad de mi locura.
De la necesidad del litio de por vida.
Hace diez años:
Litio en desayuno.
Litio en el almuerzo.
Litio en cena.
Y cada tres meses una litemia.(Valor de litio en sangre)
Una ecuación psiquiátricamente perfecta.(Los Montes de la Loca,Marisa Wagner)
El carbonato de litio, tras probar varios medicamentos, fue el estabilizador anímico que logró compensar mi ánimo y amortiguar los cambios de humor durante siete años. Le debo mucho a este medicamento y, por eso, doy las gracias al litio y voy a dedicarle este capítulo para contar algo de su historia como un modo de honrar esta medicina y defender sus beneficios terapéuticos frente a quienes aún lo miran, desde el estigma y la ignorancia, con ojos feos.Hubiese esperado conocer al carbonato de litio tan pronto como iniciaron mis desbalances anímicos en 2014. Pero, la doctora antroposófica lo recetó como “última medida” antes de cesar nuestro vínculo a fines de 2017. Durante el tiempo que estuve con ella, había prescrito otros eutimizantes, como la carbamazepina antiepiléptico que también se usa en la bipolaridad— y lamotrigina. Ninguno de ellos dio resultado.
—Si en veinte días no vemos mejora con el litio, vamos a tener que probar otros métodos— dijo la especialista en 2017.
Después de tres años de intensa inquietud emocional, con altibajos recurrentes, negatividad con rasgos de psicosis, ideas suicidas, agitación mental, llanto explosivo e insomnio catastrófico, con el litio al fin pude sentir paz. Al menos, por períodos más largos. De no haberlo hecho, no sé cuáles serían esos “otros métodos” que señalaba la psiquiatra para aplacar la alta recurrencia de depresiones ¿Tal vez, una internación psiquiátrica? ¿terapia electroconvulsiva, como se aplica en las depresiones bipolares más resistentes?
Uno de los casos de aplicación de TEC, conocida en décadas anteriores como terapia de electroshocks, lo vivió el galardonado escritor de no ficción y periodista francés Emmanuelle Carrère, quien muestra en su libro Yoga (2020) una intimidad profunda sobre su duro proceso psíquico con el trastorno bipolar tipo II.
Tras un gradual decaimiento anímico, melancolía y cansancio que le impedía desplazarse en su calidad de sujeto/cuerpo al punto de no poder salir de la cama ni ducharse, Carrère fue internado en el hospital de Saint Anne en 2016. Una realidad que, según narra él mismo, mermó su voluntad y quebró su concepto de “hombre estable”. Agregaría, el autoconcepto de un hombre intelectual, seductor y practicante de yoga y taichí hace tres décadas.
En la parte final de su libro, Carrère se pregunta qué destino habría tomado su vida si no hubiese sido internado ni sometido a la polémica TEC. El escritor concluye que no lo sabe, pero sí admite confiar en su psiquiatra y que, frente al alto riesgo de suicidio que presentaba su estado, el camino era “TEC o muerte”.
El periodista francés también cuenta que hoy forma parte de los enfermos bipolares que responden bien al litio. Hace que mis subidones sean menos altos y mis bajones menos bajos (…) estoy dispuesto a tomarlo dócilmente hasta el fin de mis días, se lee en su libro “Yoga”.
La terapia exitosa con litio ha hecho que me pregunte si acaso el destino final de famosas escritoras, como Virginia Woolf y Sylvia Plath, de quienes se presume sufrían trastorno bipolar, habría sido otro diferente al suicidio si es que en sus épocas se hubiese descubierto que este minieral era efectivo para tratar esta enfermedad.
En las últimas seis décadas, las sales de litio han sido el tratamiento estándar para el trastorno bipolar. De todos modos, sus efectos curativos se han estudiado desde mucho antes. Este metal, como elemento químico, fue descubierto en 1817 por el sueco Johan August Arfwedson. En 1840 ya se usaba uno de sus compuestos, el urato de litio, para el padecimiento de la gota, cuadro de artritis.
Gracias a los primeros ensayos del psiquiatra australiano John Cade, a fines de la década de los cincuenta, hoy sabemos del gran efecto terapéutico de esta sal para prevenir y disminuir episodios maníacos y depresivos. Claro que este descubrimiento sufrió más de un traspié. En 1949, John Cade publicó en la revista Medical Journal of Australia los efectos antimaníacos de esta sal presente en la naturaleza, tras una investigación en modelos animales y la clínica.
Para Cade, los padecimientos mentales se relacionaban con una alteración orgánica. En ese sentido, creía que las fases bipolares se debían al exceso o defecto de alguna sustancia. Basado en esta hipótesis, ensayó con la orina de pacientes con manía en su precario laboratorio. El fin era identificar en el fluido, el enigma del producto orgánico supuestamente responsable de las fluctuaciones anímicas.
Cade, luego de inyectar orina de pacientes psiquiátricos a cobayos en el laboratorio y ver su fallecimiento al poco tiempo, concluyó que la úrea, compuesto químico orgánico que se encuentra en la orina, había actuado como un “veneno”. Ante ello, decidió administrar ácido úrico solubilizado en la forma de urato de litio. La respuesta que obtuvo lo sorprendió: esta vez los cobayos se tranquilizaron.
Pronto, Cade empezó a probar la fórmula con sus pacientes. El efecto de mejora fue notable… hasta que algo salió mal. Su primer paciente murió al año siguiente, posiblemente por los efectos tóxicos del medicamento. De hecho, durante la década de los cuarenta las sales de litio fueron prohibidas en Estados Unidos por las intoxicaciones letales que se registraron en pacientes hipertensos, a quienes se les había recomendado sustituir por esta alternativa la sal común de la dieta.
Para suerte de quienes hemos podido continuar nuestras vidas gracias al litio, hubo alguien que no se dio por vencido. En los años siguientes, el psiquiatra danés Mogens Schou reanudó los descubrimientos de Cade y realizó estudios estandarizados para probar la efectividad de este elemento químico en personas con trastorno bipolar.
El primer estudio del tratamiento de mantenimiento con litio dio seguimiento a 88 pacientes durante seis años. Estas personas, que habían vivido cinco episodios de manía y/o depresión en su historia, vieron los sorprendentes beneficios en su salud psíquica. Sin embargo, surgieron trabas que entorpecieron la externalización del fármaco.
La publicación Mogens Schou (1918–2005) y el litio, del autor Juan Medrano, da cuenta de la resistencia que mostraron los pares profesionales de Reino Unido hacia las investigaciones del psiquiatra danés. La crítica habría señalado que el estudio no era válido, dada la implicancia emocional de Schou, quien trataba exitosamente con litio la depresión mayor recurrente que presentaba su hermano.
Incluso, esta publicación recoge que los británicos sugerían que el propio investigador padecía la enfermedad. Al parecer, la razón de la crítica era teórica, ya que en los años sesenta esta escuela no distinguía entre depresiones psicógenas y endógenas. Por lo tanto, su resquemor era que cualquier forma de depresión acabase siendo tratada con litio, implicando graves riesgos si no se monitorizaba el tratamiento.
Pese a ello, estudios posteriores volvieron a demostrar el efecto profiláctico del litio en la bipolaridad y, finalmente —aunque con cierta resistencia y mala propaganda por parte de las farmacéuticas que no veían un gran negocio ante la imposibilidad de patentar un elemento ya presente en la naturaleza— en 1970 la Food And Drug Administration, FDA, autorizó su venta y distribución.
Con respecto al temor por posible intoxicación, Schou y sus colegas daneses encontraron el rango terapéutico para suministrar el medicamento a los pacientes, evitando un exceso de esta sustancia y su riesgo de toxicidad. Esto explica que las personas tratadas con este fármaco deban realizarse las llamadas “litemias”, exámenes de sangre periódicos —continuos en un principio y luego cada seis meses— para ajustar la dosis a niveles óptimos.
Los rangos sugeridos de concentración de litio en la sangre son entre 0,7 y 1,2 mEq/l, es decir miliequivalentes por litro. Sobre 1,5 mEq/l pueden aparecer señales de toxicidad, que por lo general consisten en un temblor muy exagerado, vómitos, diarreas e inestabilidad al caminar. También hay otros indicadores de que el litio puede estar excedido. Depende de qué tan observador/a es el/la especialista que trata a la persona con bipolaridad.
Una anécdota personal con un síntoma de exceso de litio ocurrió una vez en consulta con mi psiquiatra actual. Llevaba semanas con una secreción abundante en las orejas; incluso una hermana al sentarse a mi lado dijo “por favor, Nicole, límpiate los oídos”. Me sentí ofendida, porque todos los días entro a la ducha, pero dejé pasar el comentario y fui al baño para asear las orejas con un cotonito.
Días después, en control con mi médico tratante, que siempre hace una entrevista minuciosa, me preguntó si había notado algo diferente en mi salud física. Entonces, recordé el pegajoso cerumen de la oreja. El psiquiatra hizo la orden para practicar una litemia, la que comprobó que el litio estaba excedido.
Otro efecto secundario que experimenté con el consumo de litio fue el hipotiroidismo por la desregulación de la glándula tiroidea. No es una buena noticia sumar otra enfermedad, pero este cuadro es común en la población general y se trata fácilmente con levotiroxina. Para ser sincera, cuando un fármaco trae un cambio tan transformador en tu salud mental, los efectos secundarios pesan menos en la balanza.
Sin embargo, no deja de ser molesto que por ingerir sales de litio se tenga que lidiar con la boca reseca y la constante sed, los temblores en las manos y las fuertes jaquecas que pueden dar durante el proceso de adaptación del organismo al medicamento. También hay un impacto en la autoestima con el posible brote de acné en la cara y el aumento de peso por retención de líquidos.
Durante los años que tomé litio, aumenté dos tallas. Pasé de ser talla 36 a 40, y en algunos modelos de pantalones, incluso, 42. También se me hinchó bastante la cara y hasta tuve papada. Todos estos efectos hacen que las personas diagnosticadas con bipolaridad sean mayormente reticentes a la prescripción del estabilizador. Lamentablemente, estas variantes hacen que los mismos tratantes piensen en el litio como última opción para los pacientes, cuando ya están muy mal.
A mi parecer, lo esencial es presentar e informar adecuadamente a los pacientes. Será, finalmente, la persona quien decida tratarse o no con las opciones que se presenten. En su libro Una mente inquieta (1995), la sicóloga y reconocida investigadora del trastorno bipolar Kay Jamison relata las devastadoras depresiones y manías que perjudicaron su vida durante los años setenta. Además de exponer sus episodios, Jamison narra el proceso que llevó a cabo para aceptar la ingesta de litio y adherir de una vez por todas al tratamiento: Para empezar, no me apetecía, pues no había podido habituarme a los efectos secundarios. Añoraba mis estados eufóricos y una vez que me sentí bien, me resultaba fácil negar que padecía una enfermedad y que podía recaer.
Un caso contrario es el de Kate Millet, quien fue una destacada feminista y activista por los derechos civiles en Estados Unidos. Ella describe en su libro autobiográfico Viaje al manicomio (1990) su gran desacuerdo y malestar con el litio: Durante siete años viví con temblor en una mano, diarreas, posibles daños al riñón y todos los demás efectos secundarios del litio. En el verano de 1980 decidí abandonar la medicación, rompiendo con una autoridad en la que nunca había acabado de creer y con la que tenía motivos para sentirme resentida. La decisión de actuar por mi cuenta equivalía a apostar por mi cordura.
Sin embargo, Millet retornó al litio tras salir de su tercera internación psiquiátrica con una depresión que la puso al borde del suicidio. Sus estadías en los hospitales psiquiátricos, en los que fue ingresada obligadamente por su familia, la llevaron a conocer un trato deshumanizado y a formar en ella un acérrimo rechazo a la psiquiatría.
En un testimonio personal, Viaje al manicomio reflexiona sobre cómo el trastorno bipolar está marcado por el dolor, el silenciamiento a la diversidad psíquica y la discriminación. Consigna, además, como el derecho al trabajo y a la libertad se ven vulnerados en quienes hemos sido diagnosticados con un “trastorno mental”.
Actualmente, la ingesta de litio sigue siendo temida por los pacientes. Al mismo tiempo, es una “apuesta” por parte de quienes integramos esta medicina a nuestro organismo, dado que se desconoce cuál es el mecanismo de acción que le permite a este mineral estabilizar el cerebro. Solo se sabe que el litio funciona por todas las décadas en que ha demostrado su eficacia.
Desde mi parecer, no queda otra que tomárselo con los ojos cerrados y confiar en que le hará bien al ánimo. En lo personal, su ingesta me permitió mantener la llama de la vida, en años donde los pensamientos suicidas fueron muy fuertes.
Gracias al litio, pude continuar para encontrar mi lugar no solo como persona bipolar que entiende su diagnóstico, sino en todas las dimensiones que deseaba mi ser. Hoy, se cree que los beneficios terapéuticos del litio van más allá de mantener controlado este cuadro clínico.
Un reciente estudio entrega un análisis extenso del conocimiento actual y las hipótesis sobre los diferentes mecanismos relacionados con los efectos de esta sal en el organismo. Estos hallazgos apuntan a su papel en la plasticidad sináptica, capacidad del cerebro para organizar nuevas conexiones celulares. Algo esencial para la memoria, el aprendizaje y la adaptación ante nuevas experiencias.
Asimismo, investigadores del Clínic-IDIBAPS elaboraron recientemente un artículo que propone que el litio interactúa con la expresión de microRNAs, moléculas de ARN que regulan la expresión de genes y que participan en la regulación de procesos cerebrales clave, como la plasticidad sináptica y la neuroprotección.
Por lo mismo, estudios han sugerido que el litio podría cumplir un rol importante en enfermedades como el Alzheimer.Por ahora, la aplicación de este elemento natural sigue mostrando beneficios para la prevención y disminución de episodios de manía y depresión.
Según el libro La enfermedad de las emociones, el trastorno bipolar, de los autores Eduard Vieta, Francesc Colom y Anabel Martínez-Arán, aproximadamente la mitad de los pacientes bipolares se mantiene estable sin necesidad de ingerir otra cosa que el litio. La mitad restante requiere la combinación de este elemento con otros fármacos para mejorar el pronóstico de su cuadro psíquico.
Soy testigo por experiencia de los buenos resultados que trae el litio. Por lo mismo, tardé dos años en evaluar si dejaba o no este medicamento para conseguir un embarazo seguro. Según algunos estudios, donde la evidencia no es concluyente, el uso del litio puede aumentar algunos riesgos durante el embarazo, asociados a anomalías cardíacas congénitas.
De todos modo, para evitar cualquier estadística, dejé de tomar litio en 2024 con el fin de concebir a mi hija sin riesgos. Tuve miedo de desprenderme del estabilizador que logró devolver la calma secuestrada por el trastorno bipolar tipo II.
Lo bueno es que, dentro de todo, el ánimo se mantuvo bien durante el embarazo. La excepción estuvo en parte del primer trimestre, donde presenté un cuadro agudo de insomnio.
Después de que nació Gabriela, volver al litio no era una posibilidad, ya que este medicamento está contraindicado en la lactancia por excretarse en niveles altos a la leche. Y una recién nacida, con sus riñones inmaduros, no puede eliminar este mineral eficazmente. El gran miedo estuvo en si acaso, al dejar el litio, me daría la bipolaridad una tregua suficiente para criar a mi Gabriela sin caer en un cuadro depresivo.
Bibliografía utilizada en este capítulo
Szmulewicz, A., Quiroz, D., Padilla, E., Girala, N., Igoa, A., Caravotta, P., Valerio, M., Smith, J., Reale, M., Strejilevich, S. (2019). Improving diagnostic delays in bipolar disorders in clinical practice. Bipolars Disorders and International Journalof Psychiatry and Neurosciences. https://doi.org/10.1111/bdi.12827
Eline M. P. Poels, Hilmar H. Bijma, Megan Galbally, Veerle Bergink. (2018). Lithium during pregnancy
and after delivery: a review. International Journal of Bipolar Disorders. 6(26), 2-12. 18) 6:26. https://doi.org/10.1186/s40345-018-0135-7
Hospital Clinic Barcelona IDIBAPS. (2024, 2 de agosto). Revisan los mecanismos de actuación del litio en el trastorno bipolar y otras enfermedades neurológicas. https://www.clinicbarcelona.org/noticias/revisan-los-mecanismos-de-actuacion-del-litio-en-el-trastorno-bipolar-y-otras-enfermedades-neurologicas#:~:text=La%20investigaci%C3%B3n%20tambi%C3%A9n%20sugiere%20que,litio%E2%80%9D%2C%20se%C3%B1ala%20Anal%C3%ADa%20Bortolozzi
Jamison, K. (1996). Una mente inquieta, Tusquets Editores.
Millet, K. (2019). Viaje al manicomio, Barcelona, España, Editorial Seix Barral.
Renard, G., F, Cornejo., K. Gysling. (2022). Crónicas de la mente, Santiago, Chile, Editorial USACH.
Medrano, J. (2006). Mogens Schou (1918–2005) y el litio. (Archivo PDF). Norte de Salud Mental, (26), pp.82. file:///C:/Users/nicol/Downloads/Dialnet-MogensSchou19182005YElLitio-4830164%20(1).pdf

Deja un comentario. Ayudarás a difundir el libro!