Una embarazada psicoeducada para manejar el insomnio bipolar

El ejercicio, físico adecuado para el embarazo, formó parte de la psicoeducación

El resultado positivo del test de embarazo en junio de 2024 trajo una felicidad nueva. Si bien la futura Gabi se implantó firme en el útero, la química de las hormonas también repercutió en mi ánimo bipolar. De inmediato, el insomnio retornó en su modo “pensamiento en alta velocidad”. 

Contrariamente al sueño y cansancio que afecta a las gestantes en el primer trimestre, mi cerebro solo quería activarse. Traté de mantener el desvelo a raya con ejercicios de meditación y menos carga laboral. Sin embargo, la energía del trastorno bipolar se fue tornando cada vez más alta. Por las noches, las ideas intrusivas se paseaban frenéticas en la mente dando ideas sobre cómo mejorar un texto que por ese día trabajaba en el computador.

Este síntoma se cruzaba con momentos en que sentía la líbido más alta. Sabía que trabajar de noche y tener sexo no harían desaparecer el episodio mixto. Al contrario, toda persona bipolar conocedora de sus estados sabe que si la energía está alta, hay que reposar. Dormir a como dé lugar.

Sin embargo, al estar sin el esquema de medicamentos que llevaba por años, no podía conciliar el sueño. Las meditaciones no daban resultado y eso generaba irritabilidad y tristeza (por eso, episodio mixto). 

Sentí frustración de que la bipolaridad hubiese regresado. Hablé con el psiquiatra, quien me recetó 5 milígramos de un antipsicótico menos invasivo para la gestación. Mantuve la caja del medicamento cerrada en mi velador. Traté de aguantar, hasta que una noche sentí que iba a enloquecer con tanto ruido mental interno.

Abrí la caja de pastillas y tomé la mitad de la dosis. Pude dormir casi cuatro horas seguidas sin agitación psíquica, sin embargo al otro día tenía una gran jaqueca. Me acechaba el miedo de que el medicamento causara algún daño en la formación de Gabi. Para peor, había gente cercana opinando sobre “lo malo que le puede pasar a tu bebé si tomas ese remedio”. Hice oídos sordos a todos estos juicios, puse la cabeza en modo práctico: pensé en todas las veces en que la medicación logró sacarme de estados exaltados y profundamente decaídos. Para tranquilizar el corazón, le escribí a Gabriela en el cuaderno que llevaba como bitácora del embarazo:

Muchos años atrás de tenerte en el vientre, la mamá tuvo que reposar para sanar su corazón ¡Estaba muy triste! Los doctores la ayudaron para mejorar. Dormir es una de las cosas que más le cuesta a la mamá, pero puede pensar en ti y seguir adelante. Tú disfruta dentro del vientre que yo me encargaré aquí afuera de sentirme bien. Si debo tomar otra vez medicamentos fuertes para estabilizar el ánimo, tienes que protegerte de su química con todas tus ganas e inteligencia ¡Lo harás muy bien!

A la semana siguiente, semana 12 de embarazo, fuimos a la primera ecografía doppler de Gabriela. Yo estaba muy nerviosa. Temía que el medicamento hubiese provocado algún problema de desarrollo, pero cuando vi las imágenes que el ecógrafo proyectaba en la pared con el cuerpecito de mi hija en gestación —y el médico confirmando que todo iba de maravillas— se desató buenamente mi alegría. Este sentir ganó frente a cualquier temor y contratiempo que pudiera sentir como primigesta.e El fármaco quedó para situaciones SOS.

Creo que apostar por estar sin litio durante el embarazo, y sobrellevar un insomnio calmo —en el que me pasaba las horas de desvelo hablándole a mi hija con la mano en el vientre— fue el resultado de años de terapia,  autoconocimiento y psicoeducación. 

En la última década, había desarrollado la capacidad de reconocer mis propios estados bipolares. La diferencia es que ahora lo hacía sin mi estabilizador principal. De todas formas, esta apuesta era posible porque como trabajadora independiente me había organizado para estar con baja carga laboral (y apretarme nomás el cinturón). No es un tema que desarrollaré en este libro, pero la paz que obtuve sin fármacos da para pensar cómo la cultura absorbente, en ocasiones sin protección social, del trabajo contemporáneo empeora la calidad de vida de las personas que vivimos con diagnósticos psiquiátricos crónicos. 

El mundo de la psicoeducación en el trastorno bipolar

De cualquier forma, el aprendizaje que he tenido con esta enfermedad no ha sido por ser una autodidacta. Volverse una conocedora de mis propios estados bipolares implicó adentrarme en el mundo de la psicoeducación. El objetivo de la enseñanza y práctica de esta herramienta es que las personas con un diagnóstico de salud mental, y sus familiares, aprendan a manejar la condición. De qué se trata y cómo se presenta en tu vida el trastorno bipolar, es clave para evitar —o al menos reducir el impacto— de episodios depresivos, maníacos, hipomaníacos y mixtos.  

Aquel primer contacto con personas que compartían mi diagnóstico fue en 2019 en una charla impartida por la Fundación Círculo Polar. Pronto, entraría de lleno en este mundo escribiendo mi propia experiencia en la cuenta de Instagram @sentirbipolar y siendo parte de los grupos de apoyo mutuo en Fundación SomosTAB., de la cual hoy formo parte 

Mi primer contacto con la psicoeducación permitió que entendiera las diversas formas en que se presenta este trastorno. Si bien los manuales describen características precisas de las fases, es importante advertir que los ciclos de la bipolaridad se viven según las historias personales y que, además, sus fases se presentan con intensidades de leves a severas.

Las personas que convivimos con este cuadro psíquico y que estamos en el mundo de la psicoeducación, sabemos que “hay que ser mateo”. Eso implica desde aplicar en tu vida buenos hábitos de salud hasta saber las definiciones básicas de los tipos de bipolaridad (que les conté en el capítulo 5). Estas son: depresión, manía, hipomanía y estados mixtos.

La depresión es un estado que se da en todos los tipos de trastorno bipolar. Durante un periodo de al menos dos semanas podrían presentarse síntomas como tristeza, pérdida de placer, apatía, insomnio o somnolencia excesiva, fatiga, falta de apetito o voracidad, sentimientos de culpa, dificultad para concentrarse, enlentecimiento psicomotor, pensamientos de muerte o ideas suicidas. 

Un episodio de manía es la otra cara del estado deprimido. El ánimo de la persona está notoriamente eufórico con síntomas como autoestima exagerada, grandiosidad, disminución de la necesidad de dormir, verborrea, agitación psicomotora, compras impulsivas, aumento de energía en actividades —que pueden terminar en un comportamiento disruptivo— en las áreas laborales, académicas, sociales y sexuales. 

En tanto, la hipomanía —propia del trastorno bipolar tipo II— es un estado de ánimo elevado, pero de menor gravedad que la manía. La persona podría presentar, durante un periodo de al menos cuatro días, algunos de los síntomas del cuadro maníaco con una intensidad disminuida. Por lo tanto, es posible que su comportamiento sea distinto, algo chispeante, pero no lo suficiente como para levantar sospechas en el entorno.

En los trastornos bipolares también existen las fases mixtas, es decir depresión y manía al mismo tiempo, o decaímiento e irritabilidad al mismo tiempo. En mi propia experiencia, esta mezcla produce una sensación desesperante. Es frecuente que en estas fases aparezca hiperactividad y aceleración del pensamiento con ideas negativas y pensamientos depresivos. Entre los síntomas, están la irritabilidad, inquietud, hostilidad, desesperanza, cambios rápidos de humor, insomnio, ideas delirantes y/o negativas, y alucinaciones.

En tanto, la psicosis es un síntoma que, en algunos casos, aparece en las fases bipolares de depresión y manía. Se presenta con delirios mediante ideas de persecución y complots, o con alucinaciones como la escucha de voces o ruidos, ver caras, percibir olores, entre otras experimentaciones similares. El contenido de los rasgos de psicosis será congruente al episodio de ánimo que esté cruzando la persona.

Comorbilidades que nublan la pesquiza de un diagnóstico a tiempo

También hay que considerar que vivir con inestabilidad anímica conlleva —en algunos casos— conductas de riesgo, como el consumo excesivo de alcohol y sustancias. Las adicciones pueden ser comorbilidades del trastorno bipolar, dándose de forma paralela con la condición y ocultando la raíz del diagnóstico.

Pese a la caracterización de cada tipo de trastorno bipolar en los manuales de psiquiatría, la identificación y el abordaje de estos cuadros por parte de profesionales sigue en deuda con las personas que requieren un diagnóstico pronto y certero. Incluso, diversas investigaciones a nivel mundial señalan que alrededor del 70% de las personas afectadas por trastornos bipolares deben esperar cerca de ocho años entre su primera consulta médica y el momento en que reciben un diagnóstico acertado.

Una investigación llevada a cabo en los Estados Unidos por la Depressive and Manic–Depressive Illness National Association en una población de pacientes bipolares, muestra que el 48% consiguió un diagnóstico adecuado después de visitar dos o tres psiquiatras; mientras que el 57% había recibido un cuadro incorrecto, como depresión unipolar o esquizofrenia. 

El hecho de que el trastorno bipolar sea una condición cuyo origen la ciencia desconoce, hace imposible la existencia de una prueba exacta para su pesquisa. Hasta ahora, la entrevista en profundidad —que depende de la habilidad y el grado de conocimiento del especialista en psiquiatría— es la mejor herramienta para determinar este cuadro clínico a tiempo.

En ese sentido, la psicoeducación no solo resulta útil para el autoconocimiento de la condición bipolar. Aquella vez en la charla de psicoeducación recibí un registro personal del ánimo para anotar los síntomas asociados a las fases. Este registro sirvió para monitorear los patrones propios de mi trastorno bipolar. Este documento también ayuda a los especialistas que requieren conocer cada caso al detalle, y así prescribir tratamientos farmacológicos efectivos. 

Dicho todo esto, hay un tema difícil que no puede quedar fuera de esta crónica, y que abordaré en el siguiente capítulo: el suicidio y el trastorno bipolar.

Bibliografía utilizada en este capítulo

Retamal, P. (2010). Cómo enfrentar la enfermedad bipolar, Santiago, Chile, Editorial Mediterráneo, p.15 – p.19.

Subsecretaría de Salud Pública.(2013). Guía Clínica Auge: Tratamiento de personas de 15 años y más con trastorno bipolar. https://diprece.minsal.cl/wrdprss_minsal/wp-content/uploads/2016/03/GUIA-CLINICA-TRASTORNO-BIPOLAR.pdf

siguiente capítulo 8

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Febrero 2026, Santiago de Chile

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