Mi cabeza no paraba de pensar

Capítulo 9

Apgar del bebé: 9 de 10. Los cinco parámetros que evalúan el estado de una guagua apenas nace —Apariencia, Pulso, Gestos, Actividad, Respiración— marcaron muy bien en Gabriela. 

—Felicitaciones-— dijo el ginecólogo, quien antes del buen resultado estuvo a punto de pedir el pabellón cuando yo, tan dudosa de mi capacidad física, le pregunté si acaso era mejor una cesárea. Pero, no.

Después de salir por la vagina, vi a Gabriela volar entre los brazos de la matrona quien rápidamente la puso contra mi pecho. De inmediato, sentí cómo su cuerpo lánguido se activó al contactar con mi piel. Estaba tan calentita y mojada mi niña, recién salida del útero, el que fue su casa acogedora por nueve meses. Así me encargué de que lo habitara mi pequeña. Cuando el cansancio me agobiaba y sentía el útero estrecharse, masajeaba mi vientre y respiraba para darnos calma.

Aunque no sabía nada de Apgar ni parámetros médicos, la noche en que nació Gabriela fui capaz de notar que ella era una bebé sana y fuerte. Valió la espera, pensé, las casi cuarenta semanas en que la tuve en el vientre, aguantando el calor terrible de Santiago, para que saliera así de saludable. 

En toda esta escena amorosa, en medio de la sala de parto, el que no tenía muy buen aspecto era el papá. Al ver nacer a Gabriela, Luis alcanzó a decirme “es hermosa” antes de sentarse tan pronto como pudo en la silla del costado de la cama. Estaba demasiado pálido. Algo que atribuí a su nerviosismo habitual, el que supo mantener en segundo plano para darme soporte y templanza durante las últimas once horas que había durado el trabajo de parto, además del tramo final de unos veinte minutos en el que había logrado expulsar el cuerpo de nuestra amada hija.

Por eso, en aquel momento no me preocupó el aspecto de Luis, quien desde la silla, todavía turuleco, sonreía de una forma nueva. Una sonrisa marcada por la esperanza y, también, por ese miedo que se cuela en quienes somos primerizos. 

—¡Es igual a ti! ¡Saquémonos una foto para mandarla a la familia!— le dije al papá de mi hija, quien se incorporó de la silla para sacar el celular y cumplir mis deseos. Más tarde, me diría que la niña venía morada y con el cordón umbilical envuelto en el cuello. Eso lo asustó demasiado, al punto que casi se desvaneció. Pero, el ginecólogo supo desenredar el cordón sin problemas.

Oír el llanto de Gabriela hizo que el miedo a la muerte perinatal, que también había mantenido a raya durante la gestación, desapareciera por completo. La niña que tanto había esperado estaba entre mis brazos. Gracias Dios, Gracias Virgen María, Gracias Arcángel Gabriel, repetía en mi mente, mientras observaba sus piernas largas y sus ojitos achinados que se abrían suaves y lentos, dejando ver unas pupilas que se asemejaban a dos aceitunitas mojadas.

Además, en ese momento que es haber parido a tu hija, supe que ese olor único que emana del cuerpo de una recién nacida, como el que traía Gabriela, era una experiencia sensitiva que jamás iba a poder describir del todo. El aroma natural de mi cría quedó impregnado en el cuerpo y el alma. Había leído algunos relatos de mujeres que, después de dar a luz, percibían como un olor a chocolate. Tal vez, algo parecido me sucedió al sentir la sangre como un aroma salvaje y dulce. Una sensación maravillosa que queda capturada para siempre.

Estaba feliz por sobre todas las cosas, pero no con ese éxtasis que algunas me habían comentado. Mi propia hermana Karen contaba orgullosa que, tras la cesárea de su primer hijo, años después había conseguido parir por parto vaginal a su hija, disfrutando del cóctel hormonal que la dejó por varias semanas en lo que llaman el “planeta parto”.

En cambio, después del alumbramiento, yo reaccioné terrenal y tranquila. Estaba, ante todo, agradecida con la divinidad y eso parecía bastarme. No podría decir que me sentía estupenda ni que estaba completamente inundada por la alegría. Durante el parto, había dudado mucho de mi cuerpo, había desoído el mensaje de confianza que durante el embarazo me había entregado cada rezo. Además, al haber pedido anestesia —ya casi en la etapa final—, perdí también la posibilidad de sentir ese aro de fuego que quema la vagina y avisa que el bebé está en la puerta, listo para salir.

Lo que sí recuerdo —como una sensación propia de esa noche tras haber parido— es que al estar sudada y recostada, a la espera de botar la increíble placenta, pese a que en el parto predominó la racionalidad, me sentí una animal. Se me vino a la cabeza la imagen de ser una yegua que había parido a su cría. Una cría hembra que, al nacer, iluminó con sus ojos esa medianoche de marzo. La noche más hermosa que he vivido en mis 38 años de vida. Pero, también la más cansadora. 

Pasadas las emociones de los primeros cuarenta y cinco minutos tras el nacimiento de Gabriela, quedé con un enorme cansancio físico. Cuando el camillero trajo la cama clínica y la puso al lado de la cama de parto para que yo pudiera hacer el cambio con facilidad, el cuerpo se sintió desarmado.

Mi vagina había quedado bien, aseguró el médico. Ni desgarros ni puntos. Claramente, eso era una buenísima noticia, pero la impresión corporal que yo tenía era tan extraña. Sentía como si hubiese tenido sexo con el tronco de un árbol enorme, terroso y húmedo. 

Recuerdo que a eso de las 2 de la madrugada, los tres llegamos a la habitación que nos asignó la clínica. Luis, ya recuperado del susto, armó el sofá-cama y quedó con el cuerpo rendido sobre el colchón enflaquecido que formaba. Yo, tendida en la cama clínica, apenas podía incorporarme para ver a Gabriela, quien dormía plácidamente en su cuna. 

Sabía que al nacer, los bebés, además de botar el meconio —la caca que traen desde el útero— hacen una siesta de largas horas para reponerse. Se supone que, justamente, ese es el periodo ideal para que la madre duerma y recupere fuerza. Sin embargo, pese a que mi cuerpo estaba debilitado, yo no podía descansar. Mi cabeza no paraba de pensar. 

El insomnio armonioso que me había acompañado en el embarazo, esa noche del parto renació en su versión bipolar atronadora, con ideas intrusivas que giraban en las mente sin estructura alguna. Sabía que eso era una pésima señal de entrada a un episodio mixto. Solo dormir con medicación frenaría la intensidad de esos pensamientos acelerados que la ciencia llama taquipsiquia.

—No puedo conciliar el sueño. Por favor, dame el ansiolítico que recetó el psiquiatra— le dije a Luis, haciéndole una señal floja con el dedo para indicarle que el fármaco estaba en la cartera. Me aseguré, además, de que guardara bien la caja para que nadie la viera.

Aunque debería haber tomado la píldora completa, esa primera noche en la clínica mastiqué la mitad y solo logré dormir dos horas. En todo caso, no quería que alguien del personal médico me viese en un estado aletargado si es que llegaba a entrar por la puerta de la habitación. Ni menos quería dar razones para que alguien sospechara de que el trastorno bipolar —ese diagnóstico que le había hecho entornar los ojos a la matrona cuando se lo comenté en la semana 25 de embarazo— se estaba activando. 

—No le comentemos a nadie —le dije a Luis— sobre lo agitada que me siento. Ya me repondré.

Es cierto que durante años había salido una y otra vez de las depresiones bipolares. El tema es que eso se lograba a un ritmo lento. Y con dosis reforzadas de medicamentos. Ahora, con la bebé recién nacida, cada segundo requería de una Nicole bien anclada y activa en el presente. Sobre todo, por las dificultades inesperadas que íbamos a tener que atravesar.

siguiente capítulo 10

2 respuestas a «Mi cabeza no paraba de pensar»

  1. nicolesalvatierraleon

    Hola! Por ahora no está disponible en físico.
    Por eso, habilité opción de donación y leerlo en esta web abiertamente.
    Espero que más adelante se dé la posibilidad de hacerlo físico

  2. Hola Nicole!
    Me encantaría comprar el libro
    Cómo lo hago?

Descubre más desde Libro "Maternidad con un diagnóstico de trastorno bipolar: El antes y después de tu llegada"

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo