Buscando pistas para un sueño con animales

A Mauricio Garrido lo conocí en 2018 cuando solicité el ingreso al sistema de Garantías Explícitas de Salud, GES, donde el trastorno bipolar figura en el número 75 del listado de enfermedades costosas. Nuestra primera consulta no fue tan grata.

Él siempre recuerda con gracia que “partí peleando con el trastorno bipolar”, pues llegaba enojada a las sesiones pidiendo respuestas y soluciones rápidas para mejorar. También, me ofuscaba cuando le preguntaba por una cura definitiva para el trastorno bipolar, y él respondía que la psiquiatría y la psicología aún no contaban con los conocimientos ni avances para eso. 

Esa sensación de frustración permaneció los primeros años de mi diagnóstico, ya que consideraba injusto que —en la plenitud de los treinta— se hubiese interpuesto en el camino una “enfermedad tirana” que movía el péndulo del ánimo a su antojo y arruinaba los planes de una vida “normal”.

Hemos hablado sobre cómo esa rabia se fue transformando en un sentimiento más compasivo conmigo. En algún minuto, dice mi terapeuta, empecé a poner el foco en mi historia.  No solamente en el enojo con el trastorno bipolar. 

—Tener esa mirada comprensiva permitió que dieras con las bases y las líneas para ofrecerte a ti misma otras maneras de abordar tu condición. 

Si bien al conocernos, le pedí a Mauricio no usar técnicas que pusieran al inconsciente como protagonista  de la terapia, dado que tenía el antecedente de la terrible hipnosis donde sentí la presencia de mi tío fallecido por suicidio, pronto rompí esa exigencia. 

Era imposible que los mensajes de la mente inconsciente no fueran puestos sobre la mesa, ya que mi actividad onírica está estrechamente relacionada con mis estados de ánimo bipolar. Por lo mismo, en todos estos años, él me ha entregado su conocimiento profesional para interpretar los sueños. Aunque la persona que sueña es quien finalmente encontrará el significado.

Recuerdo que el primer sueño que le conté cuando iniciamos el vínculo terapeútico —y que anoté en el blog de Instagram @sentirbipolar donde hace seis años escribo— también se relacionaba con animales salvajes. Se trataba de una pesadilla terrible. La recuerdo y se me hace una sombra en el pecho:

Mi madre me dejaba sola en un desierto con águilas que se comían a los seres humanos. Yo era una adolescente, sentía un miedo paralizante y una pena profunda por ese abandono, pero quería ser fuerte y resistir —tal como fue toda mi adolescencia en rebeldía con mis padres—. Parada en medio del arenal, me preparaba para aceptar el ataque del pico y las garras afiladas de un ave rapaz que se aproximaba. Intentaba protegerme y anteponía los brazos para que el animal no me devorase por completo. Justo, en ese momento, el sueño acababa.

—Crees que la depresión te va a engullir. Pero tienes que pensar que ahora cuentas con más recursos para enfrentar el episodio— contestó aquella vez Mauricio en su consulta presencial.

Ahora, en pleno postparto, necesitaba su orientación con respecto a las pesadillas donde los animales salvajes andaban a la siga, mientras yo intentaba huir de ellos con Gabriela en los brazos. Me preguntaba si acaso Mauricio, al no ser un psicólogo experto en temas perinatales, podría guiarme con todo lo que estaba sucediéndome.

Durante todos estos años, el proceso terapéutico ha fluido en dos enfoques prácticos: la terapia cognitivo conductual (TCC), recomendada para tratar el trastorno bipolar y el trastorno límite de personalidad, y la terapia  breve centrada en soluciones (TBCS). Mauricio combina ambas corrientes en su práctica clínica, algo que me explicó muy bien en una entrevista que le realicé para el sitio web de Fundación SomosTAB.

Más que una búsqueda de respuestas en el pasado, estas terapias ayudan a identificar pensamientos y causas externas en el espacio presente que determinan nuestra conducta. En lo personal, este modelo me sirvió bastante para aceptar y entender el diagnóstico del trastorno bipolar. Sobre todo, a encontrar los factores que gatillaban la repetición de ciclos depresivos y mixtos.  Siento que puse los pies en un terreno más estable para poder avanzar con propiedad en mi vida.

Sin embargo, en pleno postparto no tenía claro si la TCC y la TBCS entregarían las claves para mantenerme en pie en medio de la avalancha de emociones que estaba experimentando. Pero más allá de una corriente o escuela, para mí el vínculo terapeútico es lo valioso. Y Mauricio conoce mi historia clínica mejor que ningún otro u otra especialista de salud mental que he consultado.

Dado que no podía asistir a su consulta en la comuna de Puente Alto, una mañana le escribí a mi psicólogo contándole sobre los terrores oníricos que estaba padeciendo. Quería que me ayudara a encontrar las  pistas que descifraran los sueños con animales, como los perros silvestres y, el último, con el león que escapaba de su jaula y empezaba a seguirme. 

Una vez en la sesión online, recordé otros sueños relacionados con personas que venían hasta la casa para llevarse el computador. Según ellos  yo ya no lo necesitaba, porque solo tenía tiempo para ser madre. Mauricio señaló que los animales podían representar los otros ámbitos de mi vida —como el laboral— que por ahora permanecían tranquilos. No me molestarían en mi nuevo rol de madre ni se «comerían» a Gabriela cuando los retomara.

 ¿Tenía sentido lo que esta vez me proponía interpretar mi psicólogo? Era verdad. Uno de mis temores se relacionaba con el futuro laboral, ya que para mantener mi salud mental trabajo como profesional independiente; y eso, lamentablemente, encarece mi seguridad social. Me causaba ansiedad pensar que, al convertirme en madre y tener que cuidar a mi hija, no quedaría tiempo para generar ingresos.

Sin embargo, todavía quedaba pendiente descifrar el sueño con el león. Sentía que ese traía un mensaje profundo. Pensaba que el animal representaba al trastorno bipolar, esa especie de fiera a la que, a veces, le temo. Quizás, quería rugir todas las emociones que yo intentaba retener del postparto para impedir que se desatara un episodio. Pero no sé si le comenté esta interpretación a mi psicólogo.

¿Acaso el león venía a mostrarme que era la enfermedad quien mandaba? No, me dije. Esa interpretación no era coherente con la tranquilidad con la cual el animal se presentaba en el sueño.

Ese mamífero poderoso no era el trastorno bipolar amenazando con arrancarme la piel y comerse a Gabriela Ese león, que se mostraba erguido en el sueño, se paraba frente a mí con aplomo, como si quisiera decirme «ya pues, tómame, estoy esperando».

Entendí, entonces, que la pista que me daba el sueño animalesco se relacionada con la ambivalencia del puerperio. El león reflejaba mi biología no doméstica, un cuerpo vigoroso —pese al cansancio— listo para alimentar y proteger a su cría. Pero, yo tenía que guiarlo.

Aprovechando que estaba en el computador, me dejé llevar por la escritura libre. Así nació el texto Postparto a la espera de una respuesta salvaje, un escrito que abrió el camino para empoderarme con la maternidad.

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Febrero 2026, Santiago de Chile

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