septiembre de 2025

Estoy colgando dentro de un capullo de tela. La sensación de flotar me induce en un trance tranquilo. Todo está bien, Nicole, dice una voz interna que no es psicótica como la que tuve en 2016 en mi cabeza, hablándome cosas grandilocuentes:
Lo estás haciendo bien, repite la voz mientras el capullo se menea al ritmo de una respiración pausada y amena. Dale gracias al cuerpo Nicole. ¡Hizo mucho para que llegase Gabriela!
Y el parto estuvo bien, deja ya de pensar que fuiste insuficiente por pedir anestesia en último momento y perderte, por ello, todas esas sensaciones salvajes que viste en historias de partos que se suben a redes sociales. Pariste y fue maravilloso. La bebé sabía que iba a nacer bien.
La matrona hizo lo mejor que pudo. No es que te mirara en menos. Es cierto que te estigmatizó por tener bipolaridad, pero no fue con intención de dañar. Sí, por eso hay que visibilizar el trastorno bipolar para que la gente sepa cómo hablar sin estigma.
Lo importante es que la matrona trató de acompañarlas, a ti y a Gabriela, con lo que sabía, y lo hizo con dedicación y profesionalismo. Te cuidó como pudo.Ella sabía que tú trabajaste por tener un parto vaginal y supo conducir al miedo para que no te bloquearas, para que no se cerrara ese canal de nacimiento.
En la figura del ginecólogo, que estaba sentado frente a tu vagina dilatada, viste al hombre científico del patriarcado. “Él sabe más, porque es el médico”, quisiste pensar equivocadamente ante la impaciencia de los pujos que no expulsaban a la bebé tan rápido como creías.
Si no hubiera sido porque la matrona le pidió al ginecólogo conversar detrás del bombo, quizá otra hubiera sido la historia. Ella le dijo que tú sí estabas lista para parir; solo te encontrabas un poco tensa y necesitabas que te dieran 15 minutos de intimidad con Luis para recuperar la confianza.
Entonces, regresó hacia la cama de parto y te dijo que saldrían con el médico para que ordenaras la cabeza. Y tú pudiste hacerlo. Volviste a rezar conectada al amor y la esperanza, no al miedo. Cada vez que oraste por agradecer tu embarazo,
Dios te dijo “confía”. La palabra CONFÍA aparecía con letras mayúsculas en tu mente. Sin embargo, temores heredados te rondaban.
«Perdona que haya sido una perra, pero ¡cómo ibas a entregar tu parto después de todo lo que has hecho, incluso dejar tus medicamentos!», volvió a decir la matrona esa mañana en que Gabi por fin estaba a tu lado. Tú la miraste y le sonreístej para darle las gracias. Qué cansada estabas ese día.
Ahora, que han pasado seis meses, y te has dado el tiempo de venir a esta clase de yoga aéreo, las cosas se han ido acomodando como lo hace tu cuerpo en este capullo de tela. Así que, Nicole, no te desesperes en los días malos.
Descansa este rato, reponte, porque tu espalda y tus pechos trabajan mucho alimentando a tu hija de día y de noche. Deja que eso fluya también, no te cuestiones si lo haces bien o mal. Hazlo hasta que consideres que puedes hacerlo.
Deja ya de preguntarte por el pasado con tu madre, si acaso lloraste mucho o no de bebé, si te consolaron apenas lo necesitabas, si te faltó calor. Tu madre hizo lo que pudo ¡y fue bastante! Al final de cuentas, siempre trató de estar ahí.
La amas y ella te ama, y ahora tú tienes una hija que te ama incondicionalmente ¿Ves que es hermosa la cadena? Deja atrás el pasado. Estás viva y diste vida. Ese es el presente que le pediste a Dios. Ya lo tienes y qué agradecida estás por ello”.
La clase está por acabar. La voz de Camila, la profesora, invita a despabilar del estado meditativo en el que nos encontramos las tres mujeres que vinimos a probar esta clase de yoga aéreo restaurativo. Nunca he sido alguien muy dedicada a los deportes. Pero, a seis meses del parto mi cuerpo necesita moverse. Además, hacerlo permite que valore toda la transformación que ha significado gestar y criar.
Me despido rápido de la profesora y las chicas de la clase.
—Ojalá nos veamos el próximo sábado. Debo irme rápido, porque tengo una guagüita que amamantar.

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