La noche mágica de mi puerperio

Capítulo 12

Antes de que Gabriela cumpliera un mes de vida, la llevamos a la consulta de la odontopediatra para realizar una frenectomía. Mi bebita había nacido con frenillo corto, y eso le impedía mover la lengua para sacar leche de forma efectiva. Lo supimos al segundo día cuando una matroma la notó tiritona y hambrienta.

Así, las primeras semanas con mi hija fueron agitadas, yendo a especialistas en el tema. Y, para peor, yo con un ánimo que tambaleaba por las cuerdas de la depresión bipolar. Me daba fuerza agradecer su llegada a la vida, pues estaba amándola desde antes de gestarla.

Si bien la intervención para reparar la anquiloglosia (frenillo corto) es considerada una “cirugía menor”, oír el llanto desgarrador de Gabi mientras cortaban su frenillo lingual con una moderna herramienta digital, me desgarró el corazón.  

Después de la cirugía ambulatoria, la bebé quedó tan sensible que suspiraba entre llantos. La puse todo el dia sobre mi regazo para darle contención. Teta, no podía. Aunque los resultados de la intervención fueron efectivos, y se suponía que podía mamar inmediatamente después de la frenectomía, la bebé se había acostumbrado al biberón. 

La fonoaudióloga, a cargo del postoperatorio, había indicado que pusiera a Gabi lo máximo posible en el pecho para recuperar la lactancia. Sin embargo, la bebé lloraba descontrolada cuando yo intentaba que agarrase el pezón.

Nuevamente, me sentía sobrepasada. Me preguntaba si haber hecho pasar a Gabi por ese corte de frenillo valía su dolor. Así, su alimento siguió siendo mi leche, pero a través de la mamadera.

Intenté hacer lactancia diferida, pero para mantener la producción había que extraerse al menos dos veces por la madrugada para que los senos entendieran que había un «falso bebé» succionando. Pude sostener este sistema durante tres semanas. 

Luego, me venció el cansancio y el llamado de la conciencia indicando que me estaba obsesionando con obtener leche materna. Ese no era el camino, pues las ideas fijas y la frustración son gatillantes de depresión bipolar y episodio mixto.

Empecé a hacerme la idea de alimentar a Gabriela con fórmula. Total, practicar una lactancia mixta siempre había sido el plan.

Una noche, con la bebé ya casi de 2 meses, la angustia comenzó a nublar mi sentir como aquella tercera noche después del alumbramiento, donde los senos se habían endurecido por falta de succión.

Todavía me costaba aceptar los cambios vertiginosos del puerperio, sobre todo me sentía agotada con los intentos fallidos por establecer la lactancia.

Sumado a eso en el seno derecho, que no creció tanto como el izquierdo, apareció un bulto enorme y sospechoso que pesaba y dolía. Estaba atribulada.

Pese a que había evitado que las mujeres de la familia vinieran a casa, dado que me irritaban sus opiniones sobre lactancia, esa noche preferí hacer una llamada antes que caer en un cuadro depresivo. Marqué el número de Natalie, mi hermana mayor, y le pedí que viniera a cuidar a la bebé para tomar un ansiolítico y así poder dormir.     

Natalie no tardó en llegar con su pijama. A esa altura, yo estaba con fuertes escalofríos, y aunque aún era verano, tuve que abrigarme con un polar y unas calcetas chilotas para calentar el cuerpo puérpero. Mi hermana puso un guatero.

Al enterarse de que tenía en el pecho derecho un bulto enorme, de inmediato pensó que se trataba de una mastitis, así que me aplicó un masaje para descomprimir. Aquella cercanía física le dio el pase para proponer algo que le había pedido no hacer: hablar sobre la lactancia.

—¿Por qué no intentamos poner a la bebé añen el pecho?— se atrevió a decir Natalie con sus manos en mi teta, en medio de la oscuridad de la habitación.     

 Accedí.

Mi hermana mayor tomó a mi hija con esa destreza de mamá que yo no tenía y la acomodó en mi teta. Al principio, la bebé arqueó la espalda, gimió, lloró. Luego calló y, por primera vez, abrió la boca para succionar con fuerza y constancia por más de veinte minutos. 

 Natalie, con quien no había tenido una relación fraterna durante la adolescencia, estaba encantada con lo que había logrado. “Soy la mejor asesora de lactancia, no tenís que andar contratando a otras”, bromeó mientras mirábamos a Gabi mamar con avidez.

Ese momento nos pareció precioso y quedó en nuestras experiencias compartidas como «la noche mágica». Al otro día, en el desayuno, yo parecía una niña alegre contándole a Luis cómo se habían dado las cosas.

Pero la magia no alcanzaba para que todo fuera color de rosa. Los días que siguieron la guagua pasó del desinterés al afán. Quería estar todo el día succionando, y si bien ya no me agrietaba los pezones, yo no estaba preparada mentalmente para tal nivel de demanda. Mis pechos, sí.

Incluso, parecía que las tetas estuvieran ansiosas de querer brindar leche. El reflejo de eyección era potente y eso hacía que Gabi se enojara al atragantarse. Realmente, sentía que estábamos descoordinadas para poder establecer de una vez por todas la lactancia. Esa frustración ponía mi ánimo irritable. Veía que me alejaba de la mamá cariñosa que deseaba ser para mi hija. 

Más encima, aún quedaba resolver el sospechoso bulto en el seno derecho. Después de que los antibióticos no funcionaran, el ginecólogo señaló que no se trataba de una mastitis ni una infección. Optó por derivarme a una doctora especialista en mamas. Estuve toda una semana entre consultas y exámenes que determinaron que el bulto medía seis centímetros. Sin embargo, las imágenes eran confusas y no permitían aclarar si se trataba de una pelota de leche, lo que sería un buen pronóstico, o peor aún, de un nódulo. 

Después de consultarlo con otros especialistas, la doctora propuso pinchar el seno con una aguja para ver si salía leche. De lo contrario, significaba que había materia dura en el interior y, en tal caso, tenía que practicarme una biopsia. Durante esos días, mi cabeza fatalista imaginó cientos de escenarios terribles.

Antes de recibir el pinchazo, rogué a Dios estar sana. En mi versión más entregada, prometí trabajar la paciencia y la actitud con la lactancia, pues aún quería que mi hija tomara de mi leche.

 Cuando la aguja por fin entró y con la doctora vimos que por la sonda salía leche blanca, llenando un vaso con casi 100 ml, nos miramos sonrientes. Salí feliz de la consulta. Aunque, tres horas después el bulto volvió a formarse por la tarde. Le escribí a la doctora un correo. Ella señaló que mientras diera pecho, la pelota iba a continuar apareciendo y que la alternativa era dejar la lactancia. 

 Sin embargo, para mí haber descartado que fuera un nódulo era sinónimo de estar saludable. Además, había rezado para que el bulto solo fuera un cúmulo de leche, por lo tanto estaba agradecida de eso y mentalizada para continuar con el camino de dar leche materna. En definitiva, quise creer que mi mente y mi cuerpo se habían puesto de acuerdo: ya estaba embarcada en el último intento.

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